BAJO LAS LILAS ES EL PRIMER LIBRO QUE RECUERDO HABER LEÍDO- DE MUY NIÑA- EDITADO SIN ILUSTRACIONES, o muy escasas- portada y aisladas en capítulos- (quiero significar: primer paso hacia una literatura sin apoyo visual, que es lo que requieren generalmente las publicaciones infantiles) Lo cito porque creo que no sólo lo cercano (en tiempo y espacio) es grato a un lector. Niños y adultos gozamos de viajar con el imaginario, escuchar otras voces, pensar otros lugares y realidades.



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martes, 2 de marzo de 2010

EL JUEGO DEL LENGUAJE

Uno siente que la gente no quiere escuchar palabras que tienen que ver con sentir, así que vamos viviendo con un lenguaje hecho de rutinas, de trabajos, de charlas ocasionales…Cuando se te da sentir, comunicarse se vuelve a veces, en circunstancias determinadas, un no comunicarse, un escuchar lo que el otro cree que querés oír, un decir que tiene que ver con lo que suponés que el otro puede escuchar o puede entender. Todo esto conjeturando que cada uno sea capaz, de intentar ponerse mínimamente en el lugar del otro.
También cuando escribís tenés que pensar en no caer en las trampas de la nostalgia, de la apelación a la lágrima, tenés que huir de la metáfora fácil, del adjetivo altisonante...si escribís, no vayás a llorar por tu perro, aunque haya sido tan buen compañero, no vayás a contar – salvo en narrativa fantástica- que se cayó el cuadrito de papá que está muerto, justo en el momento en que hizo un gol Colón, y Agustín dijo que era su abuelo que festejaba,- para lo racional están los científicos-, y menos se te ocurra decir que entró un gorrión por la ventana de la cocina y la familia eligió creer que creía que ese ser desaparecido que puso fe en un dios y en un cielo, venía a agradecer la misa…
Uno siente que está enojado porque escuchó y tuvo que guardar palabras que no quería escuchar, porque esas palabras son ideas y esas ideas te suenan nefastas, y te guardás el enojo porque no estaría bien decir, así sin más, lo malo que te representan, porque además te sale pensar que son la verdad del otro, la ideología del otro, el resumen de otra vida que se desliza en una conversación casi informal.
Y uno interviene en lo propio, y encuentra a cualquiera, un familiar, un amigo, un compañero, un casi extraño amable y le dice lo suyo, y quizás el otro se adecua más a las comunicaciones veloces, dobla la esquina y se olvida, pero vos ya dijiste lo que querías decir… Entonces, quizás, uno empieza a escribir, porque está signado por el afán de comunicarse, y cree que la escritura es de algún modo más convocante, o más catártica…y a lo mejor con suerte, uno encuentra un lector que comparte algunas cosas y aunque eso no suceda, a lo mejor uno se encuentra un poquito o piensa que por una vez el lenguaje vehiculizó algo que de verdad, quería decir.

isa bertero



Juego de la vida- (Detalle) de: CARLE, Maria Florencia en http://www.a-d-a.com.ar/autor.php?id=103
ADA - Asociación de Dibujantes de Argentina

El texto que transcribo es uno de esos, que cuando lo leés pensás "qué bien lo dijo", me hubiera gustado poder decirlo así:
ROLAND BARTHES,
En nuestra cultura, en la paz cultural, la Pax Culturalis a la que estamos sometidos se da una irredimible guerra de los lenguajes: nuestros lenguajes se excluyen unos a los otros; en una sociedad dividida (por las clases sociales, el dinero, el origen escolar) hasta el mismo lenguaje produce división. ¿Cuál es la porción de lenguaje que yo, intelectual, puedo compartir con un vendedor de las Nouvelles Galeries? Indudablemente, si ambos somos franceses, el lenguaje de la comunicación; pero se trata de una parte ínfima: podemos intercambiar informaciones y obviedades; pero, ¿qué pasa con el resto, es decir, con el inmenso volumen de la lengua, con el juego entero del lenguaje? Como constituye al individuo de arriba abajo, la separación de los lenguajes es un duelo permanente; y este duelo no solo se produce cuando salimos de nuestro “medio” (aquel en el que todos hablan el mismo lenguaje), no es simplemente el contacto material con otros hombres, surgidos de otros medios, de otras profesiones, lo que nos desgarra, sino precisamente esa “cultura” que, como buena democracia, se supone que poseemos todos en común: en el mismo momento en que, bajo el efecto de determinaciones aparentemente técnicas, la cultura parece unificarse (ilusión que la expresión “cultura de masas” reproduce bastante burdamente), entonces es cuando la división de los lenguajes llega al colmo.
Pasemos una simple velada ante el aparato televisor (para limitarnos a las formas más comunes de la cultura); a lo largo de la velada, a pesar del esfuerzo de vulgarización general que los realizadores llevan a cabo, recibiremos varios lenguajes diferentes, de modo que es imposible que todos ellos respondan, no tan solo a nuestro deseo (empleo la palabra en el sentido más fuerte) sino incluso a nuestra capacidad de intelección: en la cultura siempre hay una parte de lenguaje que el otro (o sea, yo) no comprende; a mi vecino le parece aburrido ese concierto de Brahms y a mí me parece vulgar aquel sketch de varietés, y el folletón sentimental, estúpido: el aburrimiento, la vulgaridad, la estupidez son los distintos nombres de la secesión de los lenguajes. El resultado es que esta secesión no sólo separa entre sí a los hombres, sino que cada hombre, cada individuo se siente despedazado interiormente; cada día, dentro de mí, y sin comunicación posible, se acumulan diversos lenguajes aislados: me siento fraccionado, troceado, desperdigado (en otra ocasión, esto pasaría por ser la definición misma de la “locura”). Y aún cuando yo consiguiera hablar sólo un único lenguaje durante todo el día, cuántos lenguajes diferentes me vería obligado a recibir! El de mis colegas, el del cartero, el de mis alumnos, el del comentarista deportivo de la radio, el del autor clásico que leo por la noche: considerar en pie de igualdad la lengua que se habla y la que se escucha, como si se tratara de la misma lengua, es una ilusión de lingüista.

Roland Barthes, “La paz cultural” en El Susurro del lenguaje. Barcelona, Paidós, 1987.

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