BAJO LAS LILAS ES EL PRIMER LIBRO QUE RECUERDO HABER LEÍDO- DE MUY NIÑA- EDITADO SIN ILUSTRACIONES, o muy escasas- portada y aisladas en capítulos- (quiero significar: primer paso hacia una literatura sin apoyo visual, que es lo que requieren generalmente las publicaciones infantiles) Lo cito porque creo que no sólo lo cercano (en tiempo y espacio) es grato a un lector. Niños y adultos gozamos de viajar con el imaginario, escuchar otras voces, pensar otros lugares y realidades.



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lunes, 3 de mayo de 2010

DOÑA JERÓNIMA DE CONTRERAS. DEL CUADERNO DE LA SEÑO... Para recrear el pasado...



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Doña Jerónima de Contreras tiene la mirada suspendida en el muro blanco de su habitación, ajena al trajín de la casa; en sus manos se enlaza el rosario. Cada cuenta se desliza por sus dedos angulosos, reza oraciones aprendidas en la infancia distante. Su memoria no está en el presente. Alrededor de sus aposentos y mucho más allá la vida sigue su curso. Van y vienen realizando tareas cotidianas los negros esclavos y los indios; resuena a lo lejos, el martillo en la fragua traída por Juan de Garay al villorio santafesino. En otros ámbitos algunas mujeres hilan y tejen en rústicos telares.
En los establecimientos comerciales los mercaderes realizan sus transacciones: azúcar, yerba, tabaco y mulas, mientras conversan de sucesos y experiencias en Paraguay y Tucumán.
Fluyen las faenas en la ciudad, en las viñas, en los sembradíos, en los depósitos de cueros y trigo. Resuenan herramientas, alguna canoa remonta el río en busca de la pesca para alimento o comercio. Sirvientas acarrean el agua que servirá para la higiene y consumo.
En la cocina, la platería, la cerámica, las vasijas indígenas, los morteros, rumorean según los quehaceres habituales.
Doña Jerónima sueña despierta, con sueños heredados, con nostalgias ajenas. Siente las caricias de su madre, como si aún fuera muy pequeña, sus pensamientos construyen itinerarios engañosos, vive la noche bochornosa de Asunción, la frondosidad del paisaje, la premura del oleaje del río que en las noches claras refleja un cielo de estrellas, cuyos nombres escuchó y ha extraviado. Siente el olor de la tierra, la fragancia húmeda de las arboledas, toca la tierra cobriza, parecida al color de hombres y mujeres, escucha cantos armoniosos en lengua dulce y extraña.
Su mente ya no le pertenece, los antiguos relatos se enseñorean, tejen tramas con escenarios imaginados, que pertenecieron a sus ancestros…
Cobran vida las cincuenta mujeres que se embarcaron en Guadalquivir, hacia el Río de la Plata, con quienes viajó su abuela doña Isabel de Contreras, con sus hijas Isabel y Elvira.
Alguien le ha narrado las desdichas del viaje, le ha hablado de la belleza del océano cuando está quieto y la luna raya artificios en su oscura superficie; le han referido la inquietud estremecedora en el interior de naves sacudidas por viento, lluvia y violencia en días interminables…
Jerónima compone la leyenda que ha viajado por el mar, por un lado la evocación y la añoranza que transforman con pinceles de luz, los pueblos, las plazas, los salones, los valles y montañas del continente lejano; por otro las cartas que vuelven, con el relato del extranjero espacio, letras hondas de penurias, pero impregnadas del color, del paisaje, de la exuberancia de lo nuevo, de lo desconocido.
En recintos que nunca conoció damas engalanadas bailan y ríen, las velas multiplican reflejos de cristales y joyas, en el imaginario la envuelven el perfume y la seda, los colores relucen…Las parejas se deslizan sobre pisos como espejos, siguiendo el ritmo de una música cautivadora.
Durante largas horas no sufre en su olvido, permanece en un presente interior, sin miedos ni angustias, sin culpas, sin dolores, sólo apariencias que irrumpen y la abandonan, en un letargo sereno.
Otras veces la asaltan fragmentos de realidades. El recuerdo de su padre es apenas un relumbre de espada, la aspereza de un rostro, el olor de una ropa que anduvo caminos y encuentros y luchas.
Es también el recuerdo de su muerte, su vida arrebatada por manos que sintió crueles, vengativas, inhumanas.
Su infancia, su adolescencia, su pasado lejano son como los cimientos del poblado y de la casa levantados a orillas del río, sus evocaciones están enraizadas a la resistencia que poco a poco se fue abriendo paso, en un espacio trabajado con afán, hasta producir la propia simiente. Ha visto moler el grano, crecer poco a poco estancias y poblarse de mulas y vacas. Ha conocido a hombres y mujeres de costumbres y hábitos diferentes, ha sabido de actos buenos y malos, de intrigas y miserias y desasosiegos, de crueldades y poderes, de convivencia pacífica y sojuzgamiento, ha vivido lo humano desde dimensiones diversas en creencias, rituales, coexistencia…
Jerónima añora a su marido Hernando, a sus hijas; aunque no puede reconstruir la historia secuenciada, total, en su abandono místico hay un relumbre de amor. Por él, joven, gallardo, siempre alejándose, y por su progenie a quien ha visto crecer. De pronto ve a las niñas, pequeñas bajo su abrazo, luego jovencísimas, acarreando tierra para construir la iglesia de la Compañía de Jesús.
Las remembranzas van y vienen, de algunos pensamientos huye, es demasiada la pena: la muerte de su tía asesinada por el propio marido, la desaparición de su cuñada-cautiva de los indios-, las luchas contra hombres, plagas y pestes, la enfermedad de su esposo, que se fue agravando hasta detenerlo a su lado, cesado por fin el constante trajinar; luego, su ausencia definitiva.
Entre láminas de santos, ya no se interesa como antaño por el río y la barranca, que guardan las escenas de su juventud
Fray Juan de San Buenaventura ha tomado posesión simbólica y espiritual de la vivienda, desde que Jerónima se halla recluida en su oratorio, con su atuendo oscuro, bajo la imagen de la Limpia Concepción. Él guarda su testamento, cuyas letras ella ha perdido en la confusión de los tiempos. Ha pedido ser sepultada en la Iglesia del Convento de San Francisco, en la Capilla Mayor, al lado del Evangelio, donde está su marido, ha donado a los pobres su ropa blanca, sus atuendos, su cama. Otros bienes materiales quedarán para sus parientes.
En la bruma del pensamiento, hay más pasado que presente, y en el pasado una herida, una tribulación que siente como el más hondo pecado, fija los ojos en el ícono piadoso que la acompaña, pero por ese recuerdo a su corazón no llega la paz.
En relámpagos de lucidez, habla con su fraile confesor, que le asegura que los seis mil pesos confiados a él para ganancia de la gloria eterna, la reivindicarán a los ojos de Dios.
Jerónima cree por momentos y por momentos olvida.
Y un día- igual a otros en su clausura- con brillo de cirios y perfume de flores de la tierra, se duermen para siempre sus recuerdos y sus ensueños.
Cesan las actividades, de boca en boca corre la noticia: ha muerto Doña Jerónima.
Han de comenzar los honores y ritos que pidió para su despedida. El día del entierro tocan las campanas de San Francisco, las de Iglesia Matriz de "Todos los Santos", las de la parroquia de San Roque, las del templo de los jesuitas, las de Santo Domingo y la Merced; su cuerpo es llevado en procesión hasta el templo de San Francisco, donde se abre la sepultura de Hernando, su cónyuge, del lado derecho del altar mayor, para dejarla a su lado.
Con tristeza y ternura sus servidoras han amortajado la figura empequeñecida, con el hábito de terciaria franciscana. Han puesto en sus manos la corona de las Siete Alegrías de la Virgen. En su pecho, oculto en los pliegues del ropaje frailuno, un collar de cuentas de color azul oscuro, bordeadas en zig-zag de rojo y blanco.
Entre el incienso y la mirra, por sobre los techos altos, se unen los lenguajes, que encomiendan al misterio el alma de Jerónima.
Cada dios escucha a su manera.

Isabel Bertero

FUENTES:
Información Cultural de la provincia de Santa Fe - República Argentina

Centro de Estudios Hispanoamericanos

IMÁGENES DE:
Información Cultural de la provincia de Santa Fe - República Argentina

Información Cultural de la provincia de Santa Fe - República Argentina

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