BAJO LAS LILAS ES EL PRIMER LIBRO QUE RECUERDO HABER LEÍDO- DE MUY NIÑA- EDITADO SIN ILUSTRACIONES, o muy escasas- portada y aisladas en capítulos- (quiero significar: primer paso hacia una literatura sin apoyo visual, que es lo que requieren generalmente las publicaciones infantiles) Lo cito porque creo que no sólo lo cercano (en tiempo y espacio) es grato a un lector. Niños y adultos gozamos de viajar con el imaginario, escuchar otras voces, pensar otros lugares y realidades.



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lunes, 21 de junio de 2010

ADOLESCERE





Maia tenía un código para los números de boleto del colectivo. Cero: te quiere, uno: noticia; dos, separación; tres: encuentro; cuatro: noviazgo; cinco: disgusto; seis: carta; 7: piensa en ti; ocho: celos; nueve: lo verás, y con él hablarás…
Por supuesto que el dos y el cinco eran lo más temido en el sistema cabalístico, inútiles para soñar.
Cuando los boletos tenían números adversos los tiraba como si guardarlos fuera la materialización de las fuerzas negativas.
Con los otros construía barquitos, con un plegado que alguien, alguna vez, le había enseñado.
En la evasión de mirar el número del boleto y apretujarse entre otros pasajeros construyendo barquitos, ocupaba el tiempo vacío del viaje mientras escuchaba algunas conversaciones ocasionales, recibía o enviaba mensajes de texto, o miraba pasar el paisaje urbano a través de los vidrios, siempre un poco sucios o empañados y pensaba en el amor.
Sus amigas y amigos se enamoraban, o se ponían de novios, incluso ella bromeaba sobre el tema en el chat, pero en lo profundo lo miraba más seriamente, casi se sentía un poco antigua… Tal vez porque desde muy chiquita había leído todas las historias de amor, de príncipes, de brujas, historias de mundos paralelos, de tiempos lejanos, de escenarios maravillosos…
Tenía cuadernos y carpetas que adornaba con imágenes bellas con las que hacía collages, a los que agregaba palabras, que le sonaban bien, evocativas, creadoras.
Sabía que en realidad quería un amor, con todas las cualidades de lo imaginado, pero bien plantado en la tierra, para ir de la mano, reírse, llorar, compartir. Un amor para armar horas, para andar paralelo.
Un día, cuando iba hasta el centro, entretenida con la lectura de un libro, siguió viaje y para cuando se dio cuenta estaba lejos, cerca de la costanera. Desde el verano que no iba al río, así que fue a mirar. Atrás pasaba el puente por el que circulaban vehículos y también paseantes. Crecía una vegetación agreste: juncos y duraznillo blanco, repollitos y helechos del agua, pajonales. Maia llevaba sus barquitos de boletos en la mochila… ¡Un bolsillo lleno de barquitos!...Cuando pasaban flotando los camalotales, los tiraba uno a uno…encuentro, noviazgo, noticia…
Cuando llegó al último, lo echó sobre un camalote que lucía una flor bonita y dijo con fuerza:
- ¡Repórtate amor!
Y regresó a su casa, porque se hacía tarde.
Pasaron los días. Llegó un sábado con sol brillante y Maia fue a encontrarse con sus amigos, para tomar mates y charlar, en el paseo de la costa. En un impulso, volvió al lugar desde donde había enviado a pasear sus sueños.
Por supuesto… ¡Ni rastros!
Al rato se paró en la veredita del puente, a mirar el paisaje, los pescadores, las embarcaciones de paseo… para sus adentros sonaba la canción de Andrés Calamaro:

En el balcón
Donde pega más el sol
Mirando pasar
A los pájaros volar
No quiero saber
De dónde vienen volando
No quiero saber
Adónde van...
Cien pájaros volando!
….
Hay palabras escritas con viento
No hace falta decir!
Adónde van
Cien pájaros volando!
En una mano hay palabras escritas con fuego
Y en el corazón hay
Cien pájaros menos
No hace falta decir
De donde vienen volando
….
No hace falta decir de dónde vienen
No hace falta decir adónde van
No hace falta decir que quiero uno en la mano
No hace falta decir adónde van

...
Bruno estaba tan absorto en atarse el cordón de la zapatilla, mientras se desplazaba a los saltitos con un solo pie, que no vio a Maia y mucho menos a la mochila abandonada a su lado, así que tropezó y se cayó en medio de un desparramo de libros y papeles. Ella, para salvarlo del apuro se puso a ayudarlo a juntar todo. Un papelito diminuto comenzó a alejarse, empujado por la brisa, Maia lo alcanzó. Era sólo un boleto de colectivo que seguro había estado entre las páginas desparramadas; por costumbre, miró el número… ¡Tres!
Cuando entre risas las manos se juntaron, un poco torpes-Bruno para recibir lo suyo-, Maia, no pudo evitarlo, así que le dijo muy suavecito:
-¿Repórtate amor?
En algún lugar, barquitos de papel húmedo, viajaban con el río… ¿Quién sabrá hasta dónde?

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