BAJO LAS LILAS ES EL PRIMER LIBRO QUE RECUERDO HABER LEÍDO- DE MUY NIÑA- EDITADO SIN ILUSTRACIONES, o muy escasas- portada y aisladas en capítulos- (quiero significar: primer paso hacia una literatura sin apoyo visual, que es lo que requieren generalmente las publicaciones infantiles) Lo cito porque creo que no sólo lo cercano (en tiempo y espacio) es grato a un lector. Niños y adultos gozamos de viajar con el imaginario, escuchar otras voces, pensar otros lugares y realidades.



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lunes, 23 de julio de 2012

Desborde

Ella vino a golpear mi puerta. Era una mujer de avanzada edad, la cabeza cubierta con un pañuelo oscuro. En sus ojos me alertó algo conocido, como el reflejo de una mirada ya vista, en otro tiempo.
-          ¿Qué desea?
Apretó el bolso que llevaba, quedó como suspendida, la expresión vuelta hacia dentro.
Me asustó. Estuve a punto de cerrar, sentí que quería dejarla del otro lado, pero a la vez conocer su respuesta.
-          Soy su hermana. Tuvimos el mismo padre.
Y se quedó allí anhelante, a la espera de mi reacción, de mis palabras.
-          ¿De qué me habla?
Debía de ser alguien perturbado, una loca cualquiera. La imagen de mi padre invadió el espacio común. Un hombre severo, quizás extraño. Un hombre ocupado, no dado a las efusiones de amor. Querido por mí, ligado a recuerdos entrañables. A pesar de todo traté de parecer amable.
-          Váyase por favor, mi padre ha muerto, no sé de qué me habla.
-          Tiene que enterarse de la historia.
-          No deseo conocer ninguna historia, se equivocó Ud. de casa.
Y cerré. Con demasiada fuerza.
Todo el día me rondó el episodio. Quería contarlo, pero experimentaba una reacción de cuidado, de imposibilidad de repetir las palabras y las circunstancias.
Lo guardé.
Pasaron días y otra vez apareció aquella mujer. Rogó  que la escuchara. Me lo pedía con todo su cuerpo. Su voz no me parecía la de un delirio, sí el contenido.
Sin franquearle la entrada le pregunté dónde vivía, y quién era en realidad, qué buscaba en mí. Creo que maquiné ayudarla de algún modo. En su manía.
No sé si fue curiosidad, disposición al misterio,  la deuda de los minutos gastados en recordar el momento de su aparición o mi negación a narrar el episodio de su primera visita- como si fuera demasiado sensible- lo cierto es que la dejé contar. Lo que quería.
Y era mi hermana.
Llevaba  el apellido de mi padre. Su madre lo había querido intensamente. Él también a ella. Habían sido amantes ocultos mientras ambas crecíamos, estudiábamos, nos casábamos, teníamos hijos.
Aportó pruebas. Iban en el bolso que no soltaba. Documentos.  Fotografías secretas. Cartas con la aplicada letra de mi padre. Promesas.
Papeles ciertos. En mis manos temblorosas.
Ahora ella estaba sola. Me describió su casa, no muy lejos de la mía.
Una casa que imaginé vacía. Perdida en el tiempo. Lacerada de días huecos.
La eché. Le pedí que jamás volviera.
Por la ventana la vi alejarse vieja, gastada, como lo que era, la sombra de un pasado que me resultaba imposible de aceptar.
Ya no vivían aquellos que podrían haberme explicado. Toda la desazón era mía, toda la decisión, toda la incomprensión, la incógnita.
A pesar de mi advertencia volvió más de una vez. Siempre la rechacé. Llegó a decirme que necesitaba mi afecto.
Cada vez me crecía más la rabia, la furia. Me había robado el recuerdo sin manchas de mi padre. Me había robado la serenidad de días sosegados. La remembranza de un hogar apacible. Con códigos, enseñanzas, estabilidad.
Por el agujero se colaron la ironía, el desencanto, el miedo, lo inestable. Y la confusión.
En algún rincón de mí pensé que debía intentar comprenderla. Acercarme a esa vida desdibujada, que presentía débil, desesperanzada.
Hubiera bastado un gesto, alguna palabra. Sólo eso reclamaba. Pero no pude.
La culpaba. Por dislocarme la vida. Por quitarme la paz.
Fue entonces que sobrevinieron aquellos hechos. Terribles hechos.
Corría el mes de Abril. Intensas lluvias provocaron una creciente extraordinaria del río. Esta vez no afectó sólo a los barrios más humildes. El agua corrió hacia el centro de la ciudad, sin perdonar en su avance.
Mis hijos me ayudaron a trasladar muebles y artefactos al piso superior. Alguna gente pernoctaba en los techos. Otros acudían con lanchas y canoas para auxiliar a quienes podían. Los portales parecían muelles, cubiertos de agua sucia.
Las autoridades discutían responsabilidades.
Algunos autos flotaban llevados por la corriente. Otros habían quedado varados, incrustados en troncos añosos.
La catástrofe no se olvidará. Las personas con más recursos se trasladaron o salvaron parte de sus pertenencias.
Patrullas de salvataje recorrían la noche.
La congoja circulaba por las pérdidas de años de esfuerzo, de levantar paredes que se creían sólidas, de guardar recuerdos y objetos que quedarían inservibles.
Pérdida. Pérdida.
Cuando el agua fue corriéndose para dejar detrás mugre y desasosiego los diarios comenzaron a dar noticias de muertos, menos de lo que los testigos aseveraban.
Pérdida. Pérdida.
Me enteré una mañana. Me lo dijo el hombre que llegó con bidones de agua potable.
Habían hallado a una anciana. Muerta. Tirada en el piso. Sola. La escena hizo pensar que quiso correr para salvarse, pero el torrente no la dejó.
El hombre me dio la ubicación de la vivienda. Más tarde apareció su nombre en la lista de víctimas.
Era mi hermana.
Las aguas ondulan sobre superficies quietas. A veces se arroja un objeto y se arman círculos concéntricos que se alejan hasta desaparecer.
Las aguas son traicioneras. Pueden matar la quietud. La calma.
No sé si excusan.
Hacen que el recuerdo perviva mientras discurren hacia su destino.
               Isabel Bertero