BAJO LAS LILAS ES EL PRIMER LIBRO QUE RECUERDO HABER LEÍDO- DE MUY NIÑA- EDITADO SIN ILUSTRACIONES, o muy escasas- portada y aisladas en capítulos- (quiero significar: primer paso hacia una literatura sin apoyo visual, que es lo que requieren generalmente las publicaciones infantiles) Lo cito porque creo que no sólo lo cercano (en tiempo y espacio) es grato a un lector. Niños y adultos gozamos de viajar con el imaginario, escuchar otras voces, pensar otros lugares y realidades.



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sábado, 23 de febrero de 2013

Lectores









Estamos aquí
En la brecha de la noche                                                                                     
Hambrientos de historias
La luz de la lámpara
protege
No hay grillo
que no cante
Las palabras
construyen vidas
hechas de ajenos
Cada quien
Aporta su alma                                                                                                
Miles y miles
de personaspersonajes
habitan los espacios
de miles y miles de recintos
Un autor
Un lector
Un tejido
Lo bello lo feo lo profundo
Lo siniestro lo crítico
Lo que el recuerdo guarda
Lo que olvida
Mundos que andan
Con caminantes
  Isabel Bertero

miércoles, 6 de febrero de 2013

Susurros


La casa había sido  una mansión abandonada por años, que no se adquiría hasta que llegó una mujer y contrató obreros que limpiaron y refaccionaron, dándole  nuevo aspecto.
 Aunque añosa,  tenía sus gruesas paredes limpias,  esplendor en  las ventanas y la brisa ondeaba cortinas.
Alfombras  cubrían pisos de diseño tradicional, retratos y pinturas decoraban los muros  y pequeñas mesas de madera noble lucían pesadas lámparas.
Una escalera de roble conducía al piso superior donde había algunas habitaciones y una biblioteca.
Los árboles de la entrada  transmitían frescura,  matas de plantas balsámicas  y ornamentales  florecían en diversas estaciones.
La nueva residente era Josefa. Nadie recordaba, no mencionaban o no les interesaba, quiénes habían sido los habitantes anteriores.
La actual propietaria permanecía  bastante aislada y nunca narraba su vida anterior; sin embargo,  el vecindario la veía siempre en los mandados, arreglando el jardín, o recibiendo a proveedores y al podador.
Tenía un  gato atigrado, que siempre la acompañaba.
Además le gustaba ofrecer las tortas que cocinaba, cuyo buen  aroma inundaba las casas aledañas. Las hacía en su antigua cocina,  donde reinaban la piedra y el hierro.
Todos recuerdan que un día cerró las ventanas.
Empezó a rechazar relaciones, diciendo desde adentro…Hoy no puedo.
Dejó de salir a hacer mandados, sólo entregaba una lista con lo que necesitaba  a José, un chico del barrio que hacía tareas múltiples para ganarse la vida. Él cumplía, feliz de haber hallado una ocupación por la que le pagaban semanalmente.
Una vez al mes Josefa salía para cobrar un seguro, seguía siendo amable, pero no aceptaba detenerse y no atendía  visitantes.
El podador se limitaba a cumplir la labor de cortar la hierba, y aligerar el ramaje, pero desatendía las plantas, con lo cual se secaron hasta desaparecer.
Comenzaron a llamar a Josefa “la extraña” 
El interior de la vivienda con el tiempo perdió claridad y frescura. La extraña,  transcurría sus días recorriéndola, tocando paredes, subiendo y bajando la escalera, asegurando ventanas.
El único día que salía lo hacía con un traje que olía ya a rancio. En días fríos le sumaba dos abrigos amontonados y unas viejas botas de goma. Siempre se cubría la cabeza con un pañuelo y llevaba una carterita de color arratonado.
Comenzó a buscar recuerdos, viejas fotos en álbumes deslucidos, ropajes que habían visto tiempos y modas distintas.
A veces monologaba, interrogaba a la casa, escuchaba sus respuestas.
Un día empezó  a escribir en un cuaderno de cien hojas que había encargado al chico de los mandados.
Cuando  un gran temporal azotó al pueblo, la casa ya antigua pero antes preservada, sufrió serios daños. Los vecinos se preocuparon, hasta llamaron a los bomberos para que verificaran las condiciones edilicias.
La extraña no permitió la entrada y dijo, expresándose con persuasión y fluidez, que estaba en perfectas condiciones.
Desde afuera podían verse paredes agrietadas y parte del techo volado, pero la mujer no parecía una demente incapaz de decidir su propia vida, así que la dejaron hacer según sus elecciones, aunque los viejos conocidos sentían preocupación.
La vetustez del lugar fue en aumento, las vigas de los techos crujían por el desgaste de los años, la humedad, la falta de mantenimiento, la presencia de hormigas invasoras y otros pequeños depredadores.
La inquietud y también curiosidad de la gente crecía, le enviaron a una visitadora social llamada Marisabel.
Casi con amenazas convenció a la extraña para que la dejara pasar. No obstante, cuando se pusieron a conversar creció entre ambas empatía  y fluyeron las palabras.
Josefa habló de su soledad y narró a la mujer una vida triste de pérdidas y desafíos.
-Por eso- dijo-empecé a confiar en este lugar, en estos muros que nunca me abandonarán. Ellos me hablan contándome las historias de un pasado bello, con niños, con seres felices.
La asistente social tuvo algunas dudas respecto de la coherencia de su visitada. Decidió volver en otra oportunidad y ofrecerle alguna clase de ayuda y se lo dijo.
La extraña le sonrió con ternura antes de despedirse.
Cuando Marisabel  se alejaba, mientras seguía pensando en la entrevista y sus consecuencias, escuchó un fuerte estruendo.
Primero  la sacudió el estrépito y luego se percató- conmocionada- del derrumbe en la casa que acababa de dejar.
Ninguna  construcción aledaña sufrió daño.
Marisabel volvió corriendo. Entre el polvo y los restos alcanzó  a divisar a Jacinta. En sus brazos apretaba al cuaderno y al gato.
Lentamente Marisabel  la alejó del lugar. La extraña le entregó el cuaderno y le dijo bajito:
-Ya no susurran los muros.  
Una vez instalada Josefa en un hogar para ancianos la asistente se dedicó a leer el manuscrito recibido.  Era un diálogo. Hablaban Josefa y la casa.
No con la misma letra, la de la casa era picuda, inclinada, firme.
La de Josefa redondeada y bella.
Las últimas palabras eran de la casa.
Decían:
-          Morirás conmigo, si no quieres que te alejen.
Los investigadores  detectaron  en el texto hechos verdaderos acaecidos en el pasado de la residencia, referidos a construcción, a remodelaciones, pero no a habitantes. No se intentaron  hallar descendientes de quienes firmaban esos documentos.
Desaparecida  la escritura de la vivienda,  la memoria colectiva no supo dar informaciones válidas.
Aún hoy no se sabe cómo llegaron los hechos de las letras de Josefa a ser conocidos por ella, algunos databan de cuestiones anteriores a su arribo. Entre los restos faltaban  signos que avalaran y a pesar de que el hecho se publicitó como rareza, en diarios y en la televisión del país, nadie apareció para decir que había vivido allí.
Alguna vez, alguien, intentará dilucidar las incógnitas.
Mientras tanto Josefa, desde una ventana,  contempla con placidez, un infinito que sólo ella sabe, sus ojos se parecen a los del gato que no se separa.

Isabel Bertero






Imagen en: http://www.gabilathrop.com/index.php?m=galeria&p=2