BAJO LAS LILAS ES EL PRIMER LIBRO QUE RECUERDO HABER LEÍDO- DE MUY NIÑA- EDITADO SIN ILUSTRACIONES, o muy escasas- portada y aisladas en capítulos- (quiero significar: primer paso hacia una literatura sin apoyo visual, que es lo que requieren generalmente las publicaciones infantiles) Lo cito porque creo que no sólo lo cercano (en tiempo y espacio) es grato a un lector. Niños y adultos gozamos de viajar con el imaginario, escuchar otras voces, pensar otros lugares y realidades.



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lunes, 27 de junio de 2011

Nadira Cuentacuentos

(Cuento para ser contado)

 Nadira cuenta cuentos. No es una señora apacible. Más bien es una persona- diría yo- estrafalaria.
Anda subida a unos tacones con los que camina un poco inestable y se pinta los labios, los ojos, las mejillas, todo sobre una base cremosa como manteca de campo.
Siempre la acompaña un bolso enorme, de diseño multicolor
Tiene el pelo rojo (creo que teñido) y no quiere usar anteojos, aunque ya tiene algo de presbicia.
Y es hermosa, muy hermosa, aunque a veces parezca disfrazada.
Hoy le pedimos, como siempre que nos visita, que nos hiciera un relato, de esos que saca de la memoria o inventa.
 
Así que ahí nomás, sin hacerse rogar, se acomodó en la silla que más le gusta y empezó a relatar.
¿Alguna vez les conté que mi abuelo era un árabe poderoso? Ah, sí… tenía poderes, como el de convertir baratijas en objetos valiosos. Fue así como hace mucho tiempo, alrededor del año mil novecientos, llegó a este país en un gran barco que traía inmigrantes.
Los que lo recibieron no entendían su idioma, entonces ahí nomás le cambiaron el nombre y el apellido y le pusieron uno que supongo les gustaba.
Desde ese momento se convirtió en Santiaguito, claro que al crecer todos empezaron a llamarlo Don Santiago. Quizás en honor a su estrenado apelativo y a poco de llegar se fue a trabajar a Santiago del Estero. La historia no cuenta qué hizo allí, pero en la familia sabemos que terminó regresando y se instaló en la ciudad de Santa Fe, cerca del puerto, de la estación de ferrocarril y de la usina eléctrica.
Así con sus habilidades, aprendió rapidísimo a conversar en castellano, convirtió vituallas en monedas contantes y sonantes, a las monedas las mudó en billetes de un peso- que tenían mucho valor en esos tiempos- con los billetes compró un almacén, con las ganancias del almacén, muchas mercaderías, con la venta de las mercaderías, hizo crecer el negocio, con el provecho de tales encantamientos llenó un baúl, hasta que decidió que más utilidad tendrían sus ahorros en el banco y un día se encontró con una cuenta importante, un bigote crecido, estanterías repletas de comestibles y bebidas, clientes y más clientes…se compró trajes y sombreros, para apariciones públicas; pero dentro del almacén siguió llevando delantal, vendiendo, cocinando, y en los ratos libres, leyendo el Corán en el patio de baldosas lleno de plantas con flores y macetones con helechos.
Ahí fue cuando todos empezaron a llamarlo por delante Don Santiago y por detrás “el turco”, apelativo que no le cuadraba, porque precisamente su país natal, estuvo en guerra con los turcos. Pero todos los “paisanos”, en esos tiempos tuvieron que asumir la confusión.
Algunos dicen que sus aptitudes procedían de los gatos, que eran sus amigos. Al amanecer se levantaba y preparaba carne a las brasas, acción que convocaba a todos los felinos del vecindario que acudían al llamado del olfato y a regodearse con los ricos asaditos.
Otros creen que dichos prodigios derivaban de sus ancestros que habían sido protagonistas de las maravillosas historias de “Las mil y una noches”. En fin, no sabemos, pero sí nos ha llegado que era un hombre de corazón abierto que en su gran casa albergaba a compatriotas desprovistos, y no toleraba que se maltratara a los niños o a los abuelos.
Cuando contrajo matrimonio, lo hizo con una criolla testaruda, que se oponía tercamente a las leyes del Corán- muy de avanzada y feminista- así que los domésticos eran los altercados más significativos de los que tenemos noticias.
Tuvo dos hijos. El predilecto era el varón, a quien le transmitió algunas cuestiones ancestrales, mientras la vida se lo permitió, pero no pudo transferirle sus recursos mágicos. Con la hija ni lo intentó, sin embargo creemos que antes de morir quiso hacerlo, pero ya su voz se había agostado tanto, que ella no comprendió sus palabras.
Lo cierto es que Don Santiago murió joven y los bienes acumulados- como era costumbre en su patria natal- pasaron al hijo varón primogénito (bueno, el único varón de la familia).
Éste era mi tío, al que seguramente por triunfo de mi abuela le pusieron de nombre Benito.
Benito era casi un adolescente al morir su padre, y aunque quiso hacerse cargo no tuvo el talento o hechicería de éste; así que fue haciendo lo que pudo.
Se casó con Elisa, tuvo seis hijos- seguro buscando el varón que fue el anteúltimo- y poco a poco fue perdiendo los bienes acumulados con sabiduría atávica.
Mi madre- Sofía, su hermana- se casó y abandonó la casa natal.
En sus recuerdos todavía persiste la casa antigua con rejas, el patio soleado donde cantaba tangos de Agustín Magaldi (que prefería a Gardel), sus tareas domésticas junto a la prima Elvira- que se convirtió en una de las protegidas de su padre al quedar huérfana, el almacén donde se vendía por centavos mercadería suelta, las comidas preparadas para empleados portuarios, del ferrocarril y de la usina eléctrica, las amplias mesas donde se alimentaban los compatriotas pobres de Don Santiago…y muchas cosas más que hoy no vienen a cuento.
Lo cierto es, y para no hacerles tan larga la historia, que Benito terminó vendiendo el almacén y repartiendo vino en un camión desvencijado.
Cuando nos visitaba, en casa de mis padres, era una fiesta, siempre nos regalaba algo, golosinas, besos que pinchaban, risas, potente voz portadora de alegrías inventadas, aroma a tabaco negro de cigarrillos Colmena.
El camión arrancaba si se le daba impulso con una manija, por la parte delantera. Esto ponía en marcha el motor, con grandes aspavientos.
Por alguna razón él quedaba impregnado de olor a combustible. Subía a la cabina maltrecha y desde allí saludaba, con las últimas voces de regocijo.
Mi abuela, que vivía con nosotros salía moqueando a saludarlo pidiéndole siempre que se cuidara y recomendándole mil cosas que seguro jamás cumplió.
Uno de esos días de visita, salimos todos a despedirlo. Comenzó el proceso para poner en marcha el vehículo, en una de esas, mientras nosotros contemplábamos el espectáculo sucedió algo que si se los cuento les va a parecer invento, pero igual lo voy a revelar, porque es hora de que nos dejemos convencer de que hubo tiempos en que sucedían portentos…y aún deben suceder, pero la gente no quiere contarlos.
El hecho es que cuando Benito empezó a dar manija, del radiador empezaron a caer monedas y billetes, muchas, muchas monedas, que brillaban reflejando las lágrimas de mi abuela y de mi madre. Sin espíritu práctico, nos quedamos mirando el tesoro. Cuando levantamos la vista, todos pudimos ver,-aunque mis hermanos y yo no lo conocíamos más que por fotos- a Don Santiago, joven, bien trajeado, con una corbata, un sombrero y pómulos sonrosados. Sonreía y aunque no descendió en ningún momento Benito y Sofía dicen que al oído les susurró secretos.
Nadira se acomodó la melena rojiza, casi sin registrar nuestro asombro y empezó a rebuscar en su gran bolso, hasta que encontró un libro donde se adivinaban imágenes:
Como Benito se llevó a la tumba el secreto y Sofía declara no recordarlo, les regalo “Las mil y una noches”, a ver si descubren algo…
Bueno, y me voy porque es tardísimo, tengo que regresar temprano para que no se enojen los duendes.


Isabel Bertero

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