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BAJO LAS LILAS ES EL PRIMER LIBRO QUE RECUERDO HABER LEÍDO- DE MUY NIÑA- EDITADO SIN ILUSTRACIONES, o muy escasas- portada y aisladas en capítulos- (quiero significar: primer paso hacia una literatura sin apoyo visual, que es lo que requieren generalmente las publicaciones infantiles) Lo cito porque creo que no sólo lo cercano (en tiempo y espacio) es grato a un lector. Niños y adultos gozamos de viajar con el imaginario, escuchar otras voces, pensar otros lugares y realidades.



Lo que aparezca en mi blog, sin referencia externa, puede ser utilizado citando la fuente.

Contacto:isamirna@yahoo.com.ar


Muchas gracias a los que envían comentarios a mi correo!

martes, 26 de marzo de 2013

Gotitas


siempre
es una palabra
definitiva

nada
es algo
que se respira
en el cuerpo

el dolor
pone en peligro
el tórax

Nadie puede
Ser
otro

no se sabe
adónde van a parar
todas las cosas
que alguna vez fueron
 
si la energía
tuviera un color
se podría  volver a ver
a los que murieron

si apareciera
y me acariciara otra vez
cómo la besaría

cuando la casa esté sola
en los muros
quedarán rumores

las esperanzas
pueden desaparecer
tras una sola mirada
tras una sola palabra

-          ¿Qué libro le trajiste a tu mamá?
-          -Carol
-          -Ah, Caról

-Guárdenme el diario
  todavía no lo leí

los volcanes duermen
porque cuando despiertan
también despiertan
las congojas

se secó el romero
no quería
vivir lejos

hay que disfrazar
los sentidos
hasta que duelan
menos

el extrañamiento
de uno mismo
es encierro
y vuelo

me parece
que en los objetos
vive algo
de la persona

la sensación
de irrealidad
es un pájaro
que no se ahuyenta

por la noche
escucho que suenan
los teléfonos

     Isabel Bertero

Mami:22/06/1923- 17/03/2013


miércoles, 6 de marzo de 2013

HUELLAS


Voy dejando estas huellas
que un día se borrarán
En el polvo
en las veredas
Me gusta ir con los niños de la mano
contarles historias
escuchar sus voces
precaverlos de la vida
Vamos hasta el puente
que el tren recorre
Lleva pasajeros y carga
En  un momento pasa  veloz
y nos quedamos a contemplar
Los chicos están felices
ríen y saludan
Yo camino
camino
mientras la vida pasa
como el tren
       Isabel Bertero

sábado, 23 de febrero de 2013

Lectores









Estamos aquí
En la brecha de la noche                                                                                     
Hambrientos de historias
La luz de la lámpara
protege
No hay grillo
que no cante
Las palabras
construyen vidas
hechas de ajenos
Cada quien
Aporta su alma                                                                                                
Miles y miles
de personaspersonajes
habitan los espacios
de miles y miles de recintos
Un autor
Un lector
Un tejido
Lo bello lo feo lo profundo
Lo siniestro lo crítico
Lo que el recuerdo guarda
Lo que olvida
Mundos que andan
Con caminantes
  Isabel Bertero

miércoles, 6 de febrero de 2013

Susurros


La casa había sido  una mansión abandonada por años, que no se adquiría hasta que llegó una mujer y contrató obreros que limpiaron y refaccionaron, dándole  nuevo aspecto.
 Aunque añosa,  tenía sus gruesas paredes limpias,  esplendor en  las ventanas y la brisa ondeaba cortinas.
Alfombras  cubrían pisos de diseño tradicional, retratos y pinturas decoraban los muros  y pequeñas mesas de madera noble lucían pesadas lámparas.
Una escalera de roble conducía al piso superior donde había algunas habitaciones y una biblioteca.
Los árboles de la entrada  transmitían frescura,  matas de plantas balsámicas  y ornamentales  florecían en diversas estaciones.
La nueva residente era Josefa. Nadie recordaba, no mencionaban o no les interesaba, quiénes habían sido los habitantes anteriores.
La actual propietaria permanecía  bastante aislada y nunca narraba su vida anterior; sin embargo,  el vecindario la veía siempre en los mandados, arreglando el jardín, o recibiendo a proveedores y al podador.
Tenía un  gato atigrado, que siempre la acompañaba.
Además le gustaba ofrecer las tortas que cocinaba, cuyo buen  aroma inundaba las casas aledañas. Las hacía en su antigua cocina,  donde reinaban la piedra y el hierro.
Todos recuerdan que un día cerró las ventanas.
Empezó a rechazar relaciones, diciendo desde adentro…Hoy no puedo.
Dejó de salir a hacer mandados, sólo entregaba una lista con lo que necesitaba  a José, un chico del barrio que hacía tareas múltiples para ganarse la vida. Él cumplía, feliz de haber hallado una ocupación por la que le pagaban semanalmente.
Una vez al mes Josefa salía para cobrar un seguro, seguía siendo amable, pero no aceptaba detenerse y no atendía  visitantes.
El podador se limitaba a cumplir la labor de cortar la hierba, y aligerar el ramaje, pero desatendía las plantas, con lo cual se secaron hasta desaparecer.
Comenzaron a llamar a Josefa “la extraña” 
El interior de la vivienda con el tiempo perdió claridad y frescura. La extraña,  transcurría sus días recorriéndola, tocando paredes, subiendo y bajando la escalera, asegurando ventanas.
El único día que salía lo hacía con un traje que olía ya a rancio. En días fríos le sumaba dos abrigos amontonados y unas viejas botas de goma. Siempre se cubría la cabeza con un pañuelo y llevaba una carterita de color arratonado.
Comenzó a buscar recuerdos, viejas fotos en álbumes deslucidos, ropajes que habían visto tiempos y modas distintas.
A veces monologaba, interrogaba a la casa, escuchaba sus respuestas.
Un día empezó  a escribir en un cuaderno de cien hojas que había encargado al chico de los mandados.
Cuando  un gran temporal azotó al pueblo, la casa ya antigua pero antes preservada, sufrió serios daños. Los vecinos se preocuparon, hasta llamaron a los bomberos para que verificaran las condiciones edilicias.
La extraña no permitió la entrada y dijo, expresándose con persuasión y fluidez, que estaba en perfectas condiciones.
Desde afuera podían verse paredes agrietadas y parte del techo volado, pero la mujer no parecía una demente incapaz de decidir su propia vida, así que la dejaron hacer según sus elecciones, aunque los viejos conocidos sentían preocupación.
La vetustez del lugar fue en aumento, las vigas de los techos crujían por el desgaste de los años, la humedad, la falta de mantenimiento, la presencia de hormigas invasoras y otros pequeños depredadores.
La inquietud y también curiosidad de la gente crecía, le enviaron a una visitadora social llamada Marisabel.
Casi con amenazas convenció a la extraña para que la dejara pasar. No obstante, cuando se pusieron a conversar creció entre ambas empatía  y fluyeron las palabras.
Josefa habló de su soledad y narró a la mujer una vida triste de pérdidas y desafíos.
-Por eso- dijo-empecé a confiar en este lugar, en estos muros que nunca me abandonarán. Ellos me hablan contándome las historias de un pasado bello, con niños, con seres felices.
La asistente social tuvo algunas dudas respecto de la coherencia de su visitada. Decidió volver en otra oportunidad y ofrecerle alguna clase de ayuda y se lo dijo.
La extraña le sonrió con ternura antes de despedirse.
Cuando Marisabel  se alejaba, mientras seguía pensando en la entrevista y sus consecuencias, escuchó un fuerte estruendo.
Primero  la sacudió el estrépito y luego se percató- conmocionada- del derrumbe en la casa que acababa de dejar.
Ninguna  construcción aledaña sufrió daño.
Marisabel volvió corriendo. Entre el polvo y los restos alcanzó  a divisar a Jacinta. En sus brazos apretaba al cuaderno y al gato.
Lentamente Marisabel  la alejó del lugar. La extraña le entregó el cuaderno y le dijo bajito:
-Ya no susurran los muros.  
Una vez instalada Josefa en un hogar para ancianos la asistente se dedicó a leer el manuscrito recibido.  Era un diálogo. Hablaban Josefa y la casa.
No con la misma letra, la de la casa era picuda, inclinada, firme.
La de Josefa redondeada y bella.
Las últimas palabras eran de la casa.
Decían:
-          Morirás conmigo, si no quieres que te alejen.
Los investigadores  detectaron  en el texto hechos verdaderos acaecidos en el pasado de la residencia, referidos a construcción, a remodelaciones, pero no a habitantes. No se intentaron  hallar descendientes de quienes firmaban esos documentos.
Desaparecida  la escritura de la vivienda,  la memoria colectiva no supo dar informaciones válidas.
Aún hoy no se sabe cómo llegaron los hechos de las letras de Josefa a ser conocidos por ella, algunos databan de cuestiones anteriores a su arribo. Entre los restos faltaban  signos que avalaran y a pesar de que el hecho se publicitó como rareza, en diarios y en la televisión del país, nadie apareció para decir que había vivido allí.
Alguna vez, alguien, intentará dilucidar las incógnitas.
Mientras tanto Josefa, desde una ventana,  contempla con placidez, un infinito que sólo ella sabe, sus ojos se parecen a los del gato que no se separa.

Isabel Bertero






Imagen en: http://www.gabilathrop.com/index.php?m=galeria&p=2

viernes, 18 de enero de 2013

Desde el niño


Cuando yo era chico, vivíamos en el campo. Teníamos un tambo acotado, pero como mi padre murió cuando varios de nosotros éramos muy niños, cada vez costaba más mantener el lugar. Esto sucedía por los años veinte cuando las tareas eran manuales o mecánicas.
Igualmente de las mismas  se encargaban mi madre ayudada por mi tío Antonio y unos pocos peones.
Ella  había quedado al cuidado de la propiedad más nueve hijos, entre los cuatro propios y los que habían nacido de matrimonios anteriores de mi progenitor.
Mi niñez fue feliz, porque los más chicos retozábamos por los campos sin ninguna obligación, cuando aún no nos había llegado la etapa escolar.
Los más grandes supongo ayudarían en las tareas, que debían ser muchas.
Al  tener yo noción del carácter de mi madre, la percibí como una persona fuerte y arriesgada, no sé cómo habrá sido antes de la muerte de papá. De mayor pensé que se volvió dura por fuerza de las circunstancias.
Por ese entonces, en el campo no teníamos luz eléctrica, cenábamos y nos acostábamos bastante temprano, aparte porque había que madrugar mucho para ordeñar las vacas.
La  iluminación se hacía con faroles de querosene.
Don José era el proveedor de verduras y hortalizas, que llegaba con un carro destartalado. Mi madre siempre le discutía los precios y la calidad de la mercadería.
Igual nosotros teníamos una huerta pequeña, allí aprendí a trabajar la tierra, una afición que después traje a la ciudad, aunque con poco espacio.
Teníamos también unos cuantos patos y gallinas, cuando se hacía un puchero de ave, si tío Antonio andaba en otros menesteres, mi madre se ponía una bata tipo carnicero, por si salpicaba y ahí nomás zarandeaba al pobre bicho hasta quebrarle el cogote. A mí me duró toda la vida la aversión a esa actividad, y a la que seguía que era el descabezado  con lo cual saltaba sangre que manchaba la tabla y el blanco delantal.
Pero  nosotros también practicábamos una actividad cruel. Bajar pajaritos a hondazos; es hasta el día de hoy que me arrepiento, pobres animalitos.
Otra acción frecuente era ir a nadar al riacho que pasaba cerca, tenía una corriente bastante fuerte. Una vez, nos habíamos tirado y yo apenas sabía nadar, o sea me defendía sin ninguna técnica. Entonces me di cuenta de que el agua me llevaba, me pegué un susto de muerte, pero por suerte mis hermanos advirtieron la situación, entonces armaron una especie de cadena con sus cuerpos, desde la orilla, y lograron agarrarme de una pierna y tironear hasta lograr sacarme. Yo era muy delgado y largo.
No contamos el episodio en casa, pero tomé gran respeto por el río y su peligro.
En esa época, una de las plagas que azotaba los campos era la langosta, entre otros recursos se plantaban chapas de acero para detener su avance. Un día que corríamos libremente por los pastizales choqué con una y me hice un profundo corte en la pantorrilla, todavía conservo la cicatriz.
Volvimos a casa, yo rengueando y llorando y mi madre ahí nomás me zampó alcohol puro en la herida, con lo cual me hizo gritar de dolor y llorar a moco tendido, pero fue la única asistencia “médica” que recibí; la herida no se infectó y al poco tiempo cicatrizó.
Cuento todo esto, para aludir a la soledad y libertad que constituía el modo de vida.
Una noche, se escucharon ruidos procedentes de afuera. Tío Antonio no estaba en casa, porque había ido al pueblo a visitar a unos familiares y allí se quedó a dormir.
La casa tenía gruesas paredes y muchas aberturas que se cerraban al crepúsculo.
Los más chicos dormíamos en una misma habitación, con la puerta que daba al pasillo, abierta.
Por ésta pude ver la silueta de mi madre, con un largo camisón blanco, una manta sobre los hombros y algo medio oculto que no alcancé a distinguir.
Por supuesto la curiosidad nos pudo y la seguimos medio a distancia. Yo creí que iba a verificar que la entrada  estuviera bien cerrada, pero no;  abrió de par en par y a la luz de la luna pudimos ver que llevaba una escopeta y empezó a gritar con la voz medio ronca que la caracterizaba:
-          ¿Quién anda ahí?
Y después con más energía:
-          ¡Contesten o tiro ya!
Y sin esperar demasiado tiempo respuesta, empezó a disparar. Estábamos aterrorizados, salimos corriendo y nos prendimos a su  camisón intentando que entrara.
Ahí pudimos ver tres siluetas oscuras que escapaban “como alma que lleva el diablo”.
Mi madre sólo dijo como para sí misma:
-          ¿A mí, ladrones de gallinas? – Y a nosotros: -¡A dormir mocosos! No sé qué hacen despiertos todavía.
Esa noche yo no pude conciliar el sueño, a cada rato me parecía seguir escuchando ruidos, y el olor a pólvora no se me iba de la nariz.
       Todos lloriqueamos un poco, pero a mi madre ni se le ocurrió venir a consolarnos.
Mas  el episodio no terminaría aquí. Al día siguiente muy temprano cayó el comisario y ahí nomás se puso a felicitar a mi madre.
        Parece que ella, había herido en la oreja a uno de los ladrones, que no tuvo mejor idea o mejor solución,  que ir a la casa del doctor del pueblo, que entre cosida y cosida descubrió la verdad.
         En cuanto logró deshacerse del ladrón fue en busca del comisario y le narró el hecho.
Así el delincuente y sus cómplices terminaron presos. Parece que hace rato andaban cometiendo tropelías en varias haciendas y no los podían cazar.
       Mi madre convidó al comisario con una copita de caña y después de charlar un rato, él le dijo:
      - Pero cuídese Doña,  la próxima vez las cosas pueden no salir tan bien y resultar Ud. lastimada.
        No obstante, ella no mostró ningún signo de miedo o arrepentimiento, al contrario, cuando llegó tío Antonio se lo contó con risas.
        Esa fue mi madre, por eso cuando en la vejez, la veía tan derrumbada, apelaba a aquellas imágenes para recuperarla como fue, valiente, enérgica, saliendo a flote en medio de la soledad y del trabajo.
       Mujeres de otro tiempo, en otros contextos, con otros designios.

(Esto no es un cuento, ni un relato totalmente inventado, tiene reminiscencias de la memoria de mi padre, aunque matizada de toques personales)

     Isabel Bertero
         

domingo, 6 de enero de 2013

Posesión


Mi madre siempre me espiaba en casa. Desde la muerte de mi padre, ella controlaba todos mis movimientos.
Estuviera en el ámbito que estuviera. Cuando entraba al baño la intuía detrás de la puerta, o la sorprendía si salía de golpe.  Aun cuando me iba a dormir, a poco escuchaba la puerta que se abría suavemente y aunque apretaba  los ojos en la oscuridad,  sabía que ella estaba allí, controlando mi respiración, para saber si dormía o quizás para adivinar qué soñaba.
Yo trataba de prolongar mis horas de trabajo, me quedaba por ahí mirando vidrieras o con mis compañeras de trabajo, cuando de daba, porque casi todas estaban casadas, tenían hijos pequeños, o un amigo, un novio que las esperaba.
Por ese entonces,  sufría de soledad, cuando podía,  leía novelas o cuentos que me transportaban a otros mundos, más amables que los encierros.
Mi madre comenzó a tener otras conductas extrañas, olvidaba muchas cosas. Primero pequeñas, como algún elemento en la comida, luego más importantes, como la hora de cocinar, hacer los mandados. Por las noches la escuchaba deambular, una vez la vi sacando toda la ropa de placard. Se detenía en la que había pertenecido  a mi padre y la golpeaba, como si hubiera estado enojada. No debe haberle perdonado que se muriera, porque después la acariciaba con amor.
Una tarde conocí a Camila, nos encontramos mirando una vidriera outlet  de zapatos, entramos al mismo tiempo y las dos queríamos el mismo par, del mismo número,  del que sólo quedaba un juego.
Al final, ni a ella ni a mí nos gustó cómo nos quedaban, así que no compramos y Camila me dio el dato de otra zapatería, adonde fuimos para explorar.
Allí compramos y salimos felices, con esa tonta alegría de tener algo nuevo.
Charlamos un poco y decidimos tomar un café, hablamos de nuestras vidas y resultó que ambas nos sentimos identificadas, por la incomunicación.
Ella vivía sin compañía, en una vieja casa que había heredado de una tía.
Yo le conté del desasosiego creciente en mi propio hogar.
Nos citamos para vernos a los dos días en el mismo bar.
Cuando llegué a casa mi madre me miró con indiferencia. Sin embargo se detuvo en la bolsa de los zapatos, los sacó y se los quiso probar. Le quedaban grandes. Igual se fue trastabillando hasta un espejo y se miró, se miró…hasta que empezó a reírse. Le preguntaba el por qué de la risa. No me contestó, hasta que con un gesto brusco los arrancó de sus pies y comenzó a llorar. Tampoco me dijo el motivo de su llanto.
Comencé a invitar a mi casa a Camila… a cenar a la salida del trabajo. Por supuesto no le gustó a mi madre, cuando ella venía se negaba a cocinar, no lo decía claro; pero me veía en apuros cuando me había prometido poner una carne al horno, y yo llegaba  y me encontraba con mamá recostada por un fuerte dolor de cabeza, o cuando había decidido una cazuela y estaba imposible de picante, o cuando decía que tuvo que tirar el pollo porque tenía mal olor o directamente que la cena se había quemado.
Las cosas empeoraron cuando Camila me presentó a su primo Matías.
Era un hombre encantador, en el rostro  se parecía a Clark Kent, el original de las historietas, pero no tenía un físico llamativo, sí alto y desgarbado.
Yo descubrí de pronto que me gustaba lo que él decía, su modo de ser, su manera de pensar.
Y nos enamoramos. Muy pronto nos enamoramos. Camila feliz, mi madre cuando lo percibió se puso más hosca que nunca. Si él venía desaparecía en su habitación. A veces ponía la radio estruendosamente, como para no escuchar, como para ignorarnos.
Disfruté ese tiempo. Salíamos, nos divertíamos, no olvidábamos a su prima y organizábamos paseos compartidos. Imaginábamos, proyectábamos…
Mi madre comenzó a requerir ayuda para todo, para levantarse, peinarse, vestirse.
Hicimos una consulta médica.
En esa oportunidad se arregló muy bien, habló con coherencia, le dijo al profesional que la atendió, que ella estaba perfecta. Los análisis clínicos así lo confirmaron. Cuando el doctor sugirió consulta psicológica, por los síntomas que sólo yo describía, se rió y dijo que su hija siempre había tenido frondosa imaginación, que ella estaba perfectamente.
Pero retomó su rutina de alejamiento de la realidad.
Yo supongo que entre mi trabajo y mi descubierto amor no percibí a tiempo lo que vendría.
Llegué una tardecita a casa, sola, apurada por cambiarme para salir, previendo preparar antes una comida sencilla, para alcanzarle a mi madre, que casi siempre a esa hora ya estaba en la cama.
Me extrañó que estuvieran todas las luces encendidas.
Así la vi enseguida, estaba en la puerta de la cocina y llevaba aferrado con las dos manos un enorme cuchillo.
Con gran agilidad, se abalanzó sobre mí. Vestía algo rojo, rojo sangre.
Me clavó el cuchillo tantas veces que mi cadáver debe haber dado trabajo a los forenses.
Recuerdo que antes de morir rememoré una única visita que hice a Oliveros, todos los habitantes tan perdidos y abandonados, salvo unos pocos privilegiados, con alguien de la familia presente.
Mi  madre ya no tendría a nadie.   
Isabel Bertero
Imagen: Raquel Sarángello. Tus secretos