BAJO LAS LILAS ES EL PRIMER LIBRO QUE RECUERDO HABER LEÍDO- DE MUY NIÑA- EDITADO SIN ILUSTRACIONES, o muy escasas- portada y aisladas en capítulos- (quiero significar: primer paso hacia una literatura sin apoyo visual, que es lo que requieren generalmente las publicaciones infantiles) Lo cito porque creo que no sólo lo cercano (en tiempo y espacio) es grato a un lector. Niños y adultos gozamos de viajar con el imaginario, escuchar otras voces, pensar otros lugares y realidades.



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martes, 21 de junio de 2011

El invierno de la salamandra

Este no es un invierno como cualquier otro. Este año mi papá ha instalado una salamandra en la casa. Así que estamos más calentitos. Se la regaló un señor que la tenía en una quinta muy grande, pero ahora- como ya está muy viejo- sus hijos insistieron en que mejor era poner calefactores a gas, y según mi padre prácticamente  le tiraron a  la basura el artefacto que él conservaba desde hacía mucho tiempo.
Cuando mi pa la trajo, Don Alcides, el vecino, nos dio todas las instrucciones para que quedara bien colocada y no se hiciera mucho humo adentro.
Es de hierro negro y tiene un caño que va hasta el techo que hace que el calorcito nos abarque a todos. Un aparato grande, que se traga toda la leña que mis hermanos y yo podemos conseguir. Buscamos maderas por todas partes, recorremos el barrio y siempre encontramos algo; en algunos lugares todavía quedan pedazos de troncos y  ramas de las podadas de otoño. Yo soy amigo de Roque que es empleado Municipal y él me orienta bastante, para señalarme adónde podemos buscar.
A veces, Don Celeste, que vende carbón y  leña, nos regala algunas piezas que son las que más nos gustan porque están sequitas, arden enseguida y tienen rico olor.
De la sombra a la luz
También hay  un señor que vive solo porque sus hijos y su esposa no quieren estar con él; dicen que el lugar está lejos de la civilización (repito lo que declara a quien quiera oírlo). Este señor tiene un encargado que le trae trozos gruesos de árbol sin corteza; cuando nos ve buscando, siempre nos regala un poco. En fin, nos vamos arreglando.
Mi papá trabaja de albañil, a veces nos lleva a ver casas que ayudó a construir, algunas son mansiones, otras más sencillas.
Mamá trabaja de empleada doméstica. Las  señoras para quienes hace las tareas la quieren mucho, y siempre le están regalando cosas. Este invierno nos consiguió calzado, menos para Rita que tiene los pies muy chiquitos, pero igual no quedó en patas, porque las maestras del jardín le dieron unas botitas de cuero, usadas,  pero buenas todavía, y le dijeron que las cuidara para no tener que faltar a la escuela. Así que mamá le compró unas zapatillas  de “entrecasa” en la feria de usados. A éstas mi hermanita no se las quiere poner, porque dice que no le sirven para patear la pelota, que es un juego que le encanta.
A mamá también le regalaron medias gruesas y abrigos. Se queja de que de un invierno a otro no nos queda nada, porque crecemos mucho y además dejamos todo “a la miseria”, ni se lo puede pasar a los más chicos.
Los hermanos somos cuatro en total, yo, el más grande, por eso soy el que se encarga de que las cosas anden bien cuando los viejos no están en casa.
A mediodía todos comemos en el comedor de la escuela. La comida es rica, aunque a veces me quedo con hambre, cuando nos dicen que no se puede repetir porque hay poco.
Mis hermanitos y yo por suerte devoramos lo que nos sirven, porque al que  deja y empieza con que no le gusta, le dicen que si no come no podrá crecer y todo eso. Algunos chiquitos lloran, los más grandes se burlan, al final todos se acostumbran.
La señorita Norma, que es la  Directora de la tarde, llega temprano a propósito y va al Comedor para acompañarnos,  es muy buena, y aunque los más chiquitos no terminen el plato, no se enoja y les da igual la fruta o el postrecito, medio oculta de las otras señoras que trabajan ahí, que se enojan para bien nuestro porque la polenta y los guisos vienen de lujo para el invierno y calientan la panza…no es cuestión de ser delicados.
Ahora que tenemos la salamandra, cuando llega la noche tiramos cerca los colchones y también vienen los perros, que están acostumbrados a dormir cerca de nosotros. La que más se me acerca es la Clota, que me sigue hasta cuando voy a la escuela, y el portero Carlitos la tiene que echar para que no se meta en el salón de clases.
Ayer le conté a la maestra que tenía salamandra y lo del calorcito y todo lo demás; me dijo que tuviéramos cuidado, no fuéramos a armar un incendio o a intoxicarnos. No sé cómo si todo está bien armado y papá y mamá se preocupan para que las cosas anden lo mejor posible.
Por ejemplo, hace una semana que llueve, entonces papá no pudo ganar nada porque le pagan el día y no pudieron seguir con la obra, pero mamá se la ingenió para que sus patronas le adelantaran plata y todas las noches comimos tortas fritas que estaban riquísimas y mate cocido con leche; la leche la consiguió papá en Bienestar Social.
Además la leña no se mojó porque nosotros tenemos casa de material, y apenas se llueve en algunas esquinas donde las chapas son muy viejas. Como papá sabe construir y desde chiquito trabaja de peón de albañil, fue haciendo nuestra casa, que no es lujosa, pero tiene ladrillos en las paredes y piso de cemento.
Tanto hablé de la salamandra, que la señorita Raquel que es bibliotecaria y a veces nos cuenta o nos lee historias muy lindas, nos contó una que me dejó en otro planeta.
El cuento decía que hace mucho, mucho tiempo, un dios llamado Prometeo que vivía en una especie de paraíso o cielo llamado Olimpo les regaló a los hombres el fuego, entonces otro dios llamado Zeus se enojó porque decía que el calor era sólo para quienes vivían en ese reino y porque al dar el fuego a los hombres los dejaba conocer a unas hadas muy antiguas, llamadas salamandras, muy respetadas por viejas y sabias.
Parece que con el correr del tiempo se comprobó que a estas hadas no les gustaba cómo usan los hombres el fuego, por eso los castigan a veces, y son las causantes de las quemaduras.
La salamandra, nos explicó la seño Raquel, es un animal real que puede vivir en la tierra o en el agua y  tiene cola de reptil.
Decía la historia que para que siempre nos acordemos de ellas, de vez en cuando aparecen entre las llamas, con dos ojos que brillan y sacuden la cola para demostrar que están furiosas.
Esa noche, cuando nos fuimos a dormir, estuve largo rato mirando, tanto miré que por momentos me parecía ver como una cara entre las brasas.
No conté nada, para que en mi casa no se asustaran, pero me abracé fuerte a Clota, por si acaso.
Al rato debo haberme quedado dormido porque lo que sigue seguro que fue un sueño.
De las llamas salió un precioso bicho, de piel brillante, como de fuego y se me acercó despacito. Me sopló al oído con suavidad y me dijo:
-         Soy una de las hadas del fuego. Pero no estoy enojada con los chicos ni los grandes que necesitan calor en el invierno. Me alegro de que puedan estar vos y tu familia aquí, cerca mío, lejos de las calles donde el viento corre y las plantas se congelan. Siempre que alimentés estas llamas estaré para protegerlos, para que descansen y no se enfríen en las noches heladas.
Cuando me desperté,  las brasas todavía estaban rojizas, aunque muchas se habían apagado. Yo, por si acaso, busqué cáscaras de naranja, que mamá guarda para ponerle al mate y las tiré por la boca de la salamandra, para darle alimento y sobre todo para recordarle su promesa.
                    Isabel Bertero 


2 comentarios:

  1. Soy docente y conozco la vida de estos chicos,muy bueno el relato y el final me encantó

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  2. que calentito y calido relato,me imagino la escena.yo tengo una salamandra que estaba en la casa de mis viejos yme la traje a mi casa,la tengo de adorno en mi living,aparte del valor que tiene para mi.besotessss....ceci

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